Crónica: Las palabras de mi vientre

Crónica: Las palabras de mi vientre

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La violencia de género y la violencia sexual tienen muchas caras. Pero en muchas el juego del silencio y el miedo gana la batalla. Decenas de niñas y mujeres la padecen, pero una sociedad anclada en machismo y en el patriarcado las amarra al silencio, a creer que “es normal”, “qué está bien”, “que lo merecen”, “que es su culpa”. Esta es la historia de Catalina, uno de esos tantos rostros. Ella, quedó embarazada tras la violación de su padre y nos cuenta su historia desde el rostro del incesto.

Por: Michelle Macluf Vargas

Todos tenemos uno o varios días en la vida que nos marcan más que otros. El mío fue el 30 de mayo del 2003, tenía 14 años, cuando mi mamá me llamó por teléfono.

-Cata, saque cita con Luis Guillermo Ledezma –director del Hospital de las mujeres-ya paso por vos.

Yo estaba comiendo pizza en la casa de unos compañeros del colegio, porque para ellos y el resto del mundo, yo era una chica normal.

Mamá paso por mí como a las 4 de la tarde, y les juro que desde ese momento en adelante, el día tuvo unas 28 horas de más.

Mi primera menstruación llego en agosto del 2002, la segunda por ahí de noviembre, por lo que un periodo irregular era mi regularidad. No me había vuelto a venir la regla desde entonces, y aunque mi cuerpo sabía porque, yo no quise verlo. Creo que mi mamá si lo sabía, me contaría luego sobre un sueño que tuvo en el que yo estaba embarazada.  Mi padrastro la trato de loca, y no lo culpo.

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-¿Catalina? Imposible.

-Si va de la casa a la escuela, a jugar básquet y de regreso.

El doctor me tocó el abdomen, hacía 4 meses se había alojado un abultamiento de vida en mi vientre y se hacía sentir, vio a mamá de reojo, no hacía falta decir nada, pero se quería asegurar: –Cata te vamos a hacer un ultrasonido.

Mamá me había llevado con la excusa de ´regular´ mi irregularidad y vaya que lo hizo, también buscábamos la cura para una ¨pega¨ que traía en el estómago desde hacía algunos meses, el que me obligaba a vomitar todo lo que comía, mamá, que carga la intuición escondida bajo las faldas, conocía el desenlace.

Cuando las palabras: -¨Cata, estás embarazada¨ salieron de la boca de Ledezma, sentí, por inmensos segundos, perplejidad total. 

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Yo me quede fría, no sé qué sentí, no sabía si quería que su corazón latiera o no latiera. Por mucho tiempo, no quise sentir. 

Para este entonces mamá se había acercado a la camilla en la que yo yacía, me agarró la mano con firmeza, la sentí leona. ¿Quién fue? –No, mamá. Si te digo lo matas.

-Catalina, ¿Quién fue?-, me volvió a preguntar mientras estrechaba mi mano con un sinfín de emociones que no hacían falta verbalizar.

-Fue Papito.

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Hacía muchos años mamá se casó con mi padre biológico, luego de jalarse una ¨torta¨, yo. Su matrimonio no duró más de año y medio, pero a pesar de la separación yo mantuve relación con ambos. Al poco tiempo mamá se casaría de nuevo y tendría dos hijas con mi padrastro, yo lo llamo papá y hoy confieso que lo odiaba, siempre tan sonriente. Me enojaba tanto que mis hermanas hubiesen tenido la suerte de tenerlo a él de padre y yo no. Definitivamente el mío era diferente.

Que porqué no lo denuncié me preguntarán…y cómo me ha costado esta pregunta en la vida, cómo me ha molestado, la verdad, aún lo hace. Yo no recuerdo cuando empezó, desde que tengo memoria siempre estuve envuelta en este 

El incesto, culturalmente, consiste en la práctica que comprende desde caricias inadecuadas hasta el coito o el establecimiento de vínculos de parentesco entre individuos previamente relacionados por consanguinidad.

Dice mamá que cuando tenía 4 años intenté decirle, pero callé. Varias veces trató de sacar el tema pero yo no volví a hablar, esta última vez tampoco lo hice, fue Felipe, desde mi vientre, quien lo denuncio. Son sus palabras, no las mías.

¿Cómo denunciar algo de lo que soy tan víctima como cómplice? No tenía sentido delatar algo de lo que yo era partícipe, porque a pesar de que sabía que algo estaba mal, no conocía otra realidad. Me acostumbre a vivir con sobredosis de culpabilidad, además, no ha existido nunca la pregunta correcta que conceda la posibilidad de hablar mi situación.

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En Costa Rica el tema tiene presencia, y a pesar de la falta de información que abunda en el internet y la ausencia de organizaciones estatales que brinden un espacio para tratar el tema con seguridad, el incesto se vive a diario bajo el silencio de sus víctimas. El miedo transcurre desde lo más íntimo del hogar hasta lo más intimidante del Estado, el miedo a lo judicial, al juicio. Que no le llamen ¨deja vu¨, en Costa Rica ya lo hemos visto, la niña del Tarcoles, nos lo pintó, aunque su historia se destiñó, y fue a ella a quien la ´patriarcada´ culpó. 

El incesto ha existido con anterioridad al desarrollo del arte o de la escritura, que lo digan Adán y Eva.

No hay una estadística precisa, pero si hay una recurrencia. En espacios como la Escuela de Psicología de la Universidad de Costa Rica se escucha con regularidad este tema, tanto en adultos que lo dejaron oculto en una caja fuerte ubicada en el olvido como en niños y su situación actual, así lo afirma Lucia Molina, directora del Centro de Atención Psicológica (CAP)

Mi papá me violaba, sí, pero el no usó nunca la fuerza física, nunca me abrió las piernas a punta de amenazas, el rufián uso el cariño.

Papito, como yo le llamaba en aquel entonces, me dejaba ver películas no aptas para mi edad con alto contenido sexual, él se acostaba a mi lado a verlas y a mí eso me gustaba.

De repente sentía un cosquilleo de la cabeza hasta los pies, sabía que pronto iniciaría, me chupaba, me masturbaba, me enseñaba cómo hacerle lo que a él más le gustaba. Yo nunca dije nada, no me sabía con derecho a hacerlo, el silencio estaba implícito en el aire. ¿Cómo se maneja esto en la cabeza de una niña? Preferí callar, dejarlo pasar.

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Papito uso una técnica poderosa de manipulación y de control: él me enamoro.

Confundió en mí, el orden de la vida, hasta el punto de no entender qué es permitido y qué es incorrecto. En mi caso, lo prohibido, había sucedido.

Según Lucia Molina, master en psicoanálisis, cuando ocurre el incesto, este se vuelve una pieza de la relación familiar. Usualmente una situación de incesto trasciende de generación en generación, tal vez mi padre fue abusado, no sé, tal vez yo fui la pieza que faltaba en su retorcido rompecabezas que venía armando desde antes de mi existencia. 

La familia es la llamada a introducir a sus miembros en la cultura, juega un papel socializador; la moral nace en la casa; y el incesto es un atentado terrorista en la subjetividad de sus víctimas.

Mamá no podía creer lo que escuchó salir de mi boca,-de las cosas que mamá más se reprocha a ella misma es no haber podido protegerme- y en menos de una hora ese hospital se armó de un ejército familiar, listo y dispuesto a defenderme, a pesar de que en algún momento yo los taché de mi imaginario, no sé porque, seguro me aburrían.

Pero eso sí, a partir de ese día a papito nunca más lo volvería a ver, pero bueno, bien se dijo al final de la obra de Edipo: “Que a nadie se le tenga por dichoso hasta que muera…”

abuso7Mamá lo llamó, a papito, para darle ´las buenas nuevas´, le dijo que ella y él sabían de quien era esta criatura, pero él colgó. Al día siguiente se fue a buscarlo armada de familia y de valor, pero, para ese entonces ya él erraba lejos.

Mamá puso una demanda e insistió tanto que el caso pasó a manos de la Interpol, pero no paso de ahí. Mamá contuvo la olla de presión luego de la explosión, ha sido siempre una figura fuerte y constante en mi vida, desde el día uno hasta el día de hoy, a pesar de las diferencia.

Mi primer pensamiento al recibir la noticia fue:- ¨Va a nacer jodido¨. El segundo, fue más un miedo que una idea, éste me erizo la piel: continuar la tradición, ¿y si me parezco a mi papá? Eso no pasó.

Una vez que la noticia conoció la luz del día, me tocaba enfrentar la realidad, yo estaba, gracias a una beca casi completa, en el Metodista, un colegio privado, donde un evento de esta magnitud se veía solo en las novelas. Fui al colegio todo junio a sabiendas de mi embarazo, la directora y el obispo eran los únicos que lo sabían, me dejaban recostarme en la oficina principal si lo necesitaba. Y en efecto,  sucedía con frecuencia. Para ese entonces, solo quería que la bulla en mi cabeza se apagara, convertirme en una papa o dejar de existir.

Cuando, en agosto de ese año, no volví a clases, mis compañeros sabrían poco a poco mis razones, un niño nacería y mi padre era su padre. Yo no tenía problema en contar mi historia, siempre me considere algo vanguardista, incomodar a los demás no me molestaba. Cuando la inocencia de una niña no es interrumpida, sino más bien aniquilada antes de conocer la vida, lidiar con los compañeritos resulta un tanto candoroso. Pretender nunca ha sido lo mío. Recuerdo cuando en sexto grado nos dieron la famosa charla sobre sexualidad, no hice más que torcer los ojos, pues aparentemente, sabía más yo que el profesor, en fin, muchos terminaron más incomodos que yo al escuchar mi realidad distorsionada, y les era más sencillo bajar la cabeza que ver la sustantividad en mi mirada.

No había pasado una semana desde aquel interminable día en el hospital para que mamá me hubiese matriculado en los grupos de terapia psicológica del Hospital Calderón Guardia, entre las que iban y dejaban de ir, éramos aproximadamente 10 chicas, entre las que yo, dentro de las circunstancias, estaba en la mejor posición. Al poco tiempo en una entrevista con la psicóloga personal, me dieron de alta, luego de escuchar de mi precoz boca, que había logrado entender que mi situación era privilegiada. -Muchas otras chicas no tenían nada, y en lo que fue para mí un abrir y cerrar de ojos, Felipito sin haber nacido, tenía más pañales de los que le hubiese podido usar en toda una vida-.

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La realidad me dejó su mano marcada en el cachete, aún la llevo tatuada, para no olvidar. Muchas niñas, algunas menores, otras mayores que yo, debían regresar a sus casas donde el abusador las esperaba, de algunas era el hermano, o el tío, o el padre, de otras el abuelo. En sus casas todos participan en silencio, a algunas no les creyeron, otras rompieron el silencio y recibieron a cambio más amenazas: el violador paga las cuentas así que calladita más bonita.

A mí me esperaba mamá afuera de cada una de las cita para llevarme a tomar una milkshake de chocolate a Pops.

Sacar los trapos sucios me ha costado la vida, algunos bien podridos no he podido ni mirarlos. Hace pocos años vomité de mis entrañas el universo. Me liberé de la carga más pesada que cargué durante años: la verdad. Yo lo disfrutaba. A veces, incluso lo iniciaba, de todas formas ya sabía a lo que íbamos, es más, no sabía más si no era eso. Mi cuerpo sentía excitación, conocía la culminación, el orgasmo. ¿Cómo explicar esto a una sociedad que vive en constante represión sobre el cuerpo y el ser? Una sociedad que no entiende el pellejo en el que vive. Cómo negar el flujo de sangre a los genitales, como pedirle al corazón y a la respiración que se desaceleren ¿no es eso fisiológico? Mi vagina se lubricaba, mi clítoris se expandía, no importa si es correcto ante los ojos de quienes no ven, yo sentí placer. ¿Cómo explicar esto? 

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En 2014 el artista Saint Hoax creó imágenes utilizando la inocente imagen de las princesas de dibujos animados de Disney para llamar la atención sobre el abuso sexual de menores y el incesto.

Muchos sabios han planteado las teorías sobre el ser humano y su relación con el sexo, entre ellos Freud, Osho y numerosos sexólogos que se fusionan en la idea primaria de que un sexo incompleto es la causa de todos los problemas del ser humano.

Felipe hoy tiene 12, y yo de vez en cuando pateo las puertas del baño o destrozo las del closet, la angustia enloquecedora esta sedada pero no apagada, pues, él aún sigue vivo. Lo que no tenía que pasar había pasado, y lo hizo con la naturalidad con la que canta un gallo. Yo tuve suerte, aunque suene ilusorio, como si no conociera lo que significa la suerte, pero ese día de mil horas en el hospital, no sabría hasta que llegó, albergaba yo en mi vientre mi salvación, mi motivación, mi pan de cada día…

No le llamo hijo, tampoco hermano.

Felipe es mi socio.

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