Crónica: La niña que quería ser hombre

Crónica: La niña que quería ser hombre

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¿Y qué pasa si una niña se declara homosexual? En Costa Rica el tema de la homosexualidad aún no termina de romper barreras tabú, pero hablar de homosexualidad en la niñez es más que un tabú, por eso aquí conocemos la historia de María, la niña que quería ser hombre.  

Escrito por: Herlen Gutiérrez Umanzor

Pálida como la mayonesa con que le preparaba el sándwich a aquella pizpireta sobrina a quien desde pequeña cuidaba. Así quedó Carmela cuando María, de 11 años le preguntó con toda naturalidad y sin asomo de morbo: tía, ¿qué se sentirá besar a una niña?

Su párvula curiosidad contrastaba con tía Carmela, quien nunca se casó ni tuvo novio y su nula experiencia en asuntos maritales le impidió gesticular media palabra ante semejante pregunta proveniente de una niña. Aquello fue un momento sepulcral, las piernas de la señora de 60 años temblaban con disimulo y tras unos eternos segundos de silencio, lo único que atinó a decirle tímidamente fue: “No sé, mi chiquita”.

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Aquella carita dulce pero con cuerpo y movimientos bruscos, meditó sin convencimiento la escueta respuesta de su tía, a distancia de la nula aceptación de sus padres. La travesía hacia la pubertad se acercaba y, con ella, la madurez.

¡Vamos, Pipe, vamos a jugar bola! Esa es la típica y acelerada expresión que se escucha cuando llega María a la casa de su tía y se encuentra  con su primo Felipe de 14 años, quien vive en la casa contigua. Aunque, Teresita, su primita de 10 años, la invitaba siempre a jugar con  muñecas, María le decía que no. El color rosa, las barbies y peluches, nunca fueron su debilidad.

Desde pequeñita jugaba con balones, usaba tacos y pedía uniformes de fútbol como regalos de navidad o cumpleaños. Siempre se sintió cómoda vistiendo y actuando como niño. Los jeans, camisetas y tenis eran su ropa habitual y, para sus padres, era un “estilo” que formaba parte de su personalidad. Jamás aceptaron que existiera algo diferente en ella.

Mirar para otro lado

En Costa Rica el tema de la homosexualidad es tabú y ha sido abordado mayormente en los adultos y sus derechos. La orientación sexual en los niños se ha afrontado más como características de su curiosidad y crecimiento, pero no como la posible condición que regirá sus vidas.

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“Es difícil que los padres lo comprendan y acepten, aunque estamos ante un tema más abierto e inclusivo en nuestro país, el mayor temor de los progenitores es el rechazo de la sociedad. En la actualidad, la homosexualidad no se considera una patología que deba ser modificada. No es una enfermedad, sino una condición. Los terapeutas hemos volcado el interés en tratar adecuadamente los problemas que enfrenta dicha población debidos al rechazo social”, dice la psicóloga Ana Durán del Centro de Psicología Clínica Ecos de Cambio, en Moravia.

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NIÑA 3En nuestro país las estadísticas de este tema son muy discretas, y no hay un número determinado que se muestre con cifras. Generalmente las consultas son por ansiedad o mal comportamiento. En el 2010, un grupo de profesionales en psicología de la Universidad de Costa Rica, realizó un trabajo en el cual propusieron un modelo desde una perspectiva cognitivo-conductual de cómo surge la homosexualidad a partir de los primeros años de vida y en la adolescencia, que valora la sensibilización, confusión identitaria y asunción de la identidad. Inclusive, este modelo también enfatiza la educación de los padres como un complemento integral, para dar un mejor tratamiento a la condición de sus hijos.

Aquel noviembre del 2015, vísperas de vacaciones escolares y de la muy esperada Navidad, fue diferente para María y su padre. Esa pregunta ingenua, pero cargada de intriga adolescente, detonó la preocupación en Carmela, quien no dudó en conversar seriamente con su primo Carlos sobre aquella y otras preguntas que ya, en otras ocasiones, le había formulado la inquieta niña: ¿cómo que soy una lesbiana?, o ¿por qué no tengo pene?
Carlos, un vendedor de carros de 45 años, divorciado de la mamá de María, con quien tuvo dos hijos más, los cuales ya son adultos, en franca molestia justificaba que su pequeña hija atravesaba por una etapa difícil. El acongojado hombre atribuyó aquel comportamiento a la conflictiva separación con su ex esposa.red-ballon1

Aún con todo lo contado por su prima, se negaba a aceptar que su hija, a tan corta edad, se definiera como un chiquito, conociendo que, por ello sufre de bullying en la escuela (cuando inició la primaria intentó orinar de pie como los varones).

Esta y otras razones llevaron a algunos compañeros a llamarla marimacha o machorra, lo cual propició en ella una conducta agresiva que obligó a sus padres a cambiarla tres veces de centro educativo. Con aquellas claras señales en su comportamiento, los señores no comprendían la identidad que intentaba demostrar su hija.

Apoyo familiar

En este caso, para la niña es inexplicable lo que le sucede, pero para la especialista es muy claro. Ella insiste en que el primer apoyo debe ser en casa y ser aceptada por su familia le dará mucha fuerza.

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“La coraza con que ellos se enfrentarán a la intolerancia, dependerá de la confianza y el empoderamiento que les brinden sus seres amados ante los retos venideros por ser ‘diferentes’ en un mundo donde todos somos iguales. En general rige para cualquier situación especial que nos atañe, si somos aceptadas por nuestras familias, entonces nos aceptará también la sociedad, el país y el mundo”, añade la especialista.

–¡No quiero ponerme el vestido, no quiero, no quiero!

Cómo olvidar el berrinche que dos años atrás hizo María para la primera comunión. Sus padres soñaron con ver a su hija parecida a un ángel. Aquello fue una pelea campal: ella no quería ponerse el delicado vestido blanco, la corona y, menos, los zapatos blancos. Al final, sus padres ganaron esa batalla, aunque la guerra apenas iniciaba. María no se los hacía fácil.

La femineidad para ella sólo estaba en su nombre y su género, y no en su cotidianidad. Su confort la aferró a la testosterona, pues, aunque desconocía su significado, ser mujer no estaba en su esencia.

Es de temperamento tranquilo, la agresividad no forma parte de su personalidad. Sin embargo, la ha utilizado para defenderse de quienes la acosan por su inevitable comportamiento masculino.

Para María, su primo Felipe era su mejor amigo. Con él se había distraído en los últimos años. Él nunca la juzgó por ser como era. No la hacía sentir la presión de ser y verse como niña. Para ella era suficiente. Por eso aquella casa de Barrio Luján se convirtió en su cómodo refugio  pasajero.

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Las muñecas siguieron en su estante, llenas de polvo. La utopía de verla mujeril, quedó en un limbo. Mientras sus padres intentaban aceptar su evidente orientación sexual, María siguió tirando a marco todos los goles que pudo, pues era su pasión y lo que más disfrutaba en sus horas de juego. Su inocente seguridad y la rebeldía por su incipiente revolución hormonal, la preparaba para esa red de intolerancia en la que la puntería debe ser firme para anotarle a una sociedad llena de prejuicios y morbo.

En aquella inesperada incertidumbre familiar, María jugó feliz, gritando a su primo en aquel patio de Barrio Luján: ¡juguemos, Pipe, juguemos una mejenguita más! Aunque en su cabeza, siguió revoloteando la pregunta: ¿Qué se sentirá al besar a una niña?

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